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sábado, 19 de diciembre de 2009

La Piola.

Las paredes desconchadas, un viejo puchero de color granate oscuro, como los que mis abuelas calentaban en la lumbre, posado sobre los azulejos blancos que hay tras la barra, donde la camarera cocina a la vista de todos.
Las mesas de un blanco roto, pulidas por las portadas de todos los periódicos, libros, moleskines, cuadernos... o por las mangas de camisas o incluso la piel de todas las personas que han pasado por allí, acariciando las tablas con sus lecturas, con sus tertulias... con sus miradas.





Esas bombillas que parecen dibujadas, con la espiral retemblando su incandescencia sobre las láminas que, más qeu colgarse de la pared, se asoman a ella, camufladas bajo el color amarillento con el que el humo lo ha atenuado todo.









(De la serie: "Fotos con mi móvil")

Frente a mí, un tipo con gafas de pasta lee un comic sentado en el sofá. La conversación de dos pedantes qeu juegan a sentirse Kafka, se cuelan por la derecha, provocando graciosas interferencias entre mis pensamientos con palabras absurdas, de esas que jugaban solas en el patio del recreo, como "patológicamente" o "sexuado".

Un Zumo de naranja y un café. Mi cuaderno de viajes... de todos los primeros viajes, donde todo se escribe con ilusiones a estrenar.

Una chica con pelo corto, estilo Charlestón, ocupa toda la luz del ventanal, lee su agenda y se lía cigarrillos mirando de reojo el local, como lo hago yo. Parece que pudiéramos sintonizar en nuestro recorrido las distintas emisoras de vida que pululan por el local.



(De la serie: "Fotos con mi móvil")


Mientras mi gorra se despoja de los restos del frío de diciembre sobre la mesa, yo pido un café en la barra... no no no... mejor un carajillo, a ver si se me entonan los adentros.


De regreso a mi mesa, con el carajillo humeando en la mano y la sonrisa de la camarera deshaciendo el azucar, paso junto a una pareja. Aminoro la marcha para escuchar sus susurros de miradas y oler su esencia de tacto, hablan poco, una sonrisa cómplice ilumina su mesa, sobre la que hay una sola taza que ellos dos comparten. Me siento al lado del tipo con gafas de pasta qeu lee un comic y les miro con descaro, ellos no ven lo que les rodea, solo dan sorbitos, soplan y revuelven sin prisas su taza calentita de tiempo.


Me acerco a la barra y le pido a la camarera una taza como esa. Ella abre uno de los pucheros para ver lo que se cuece dentro y mirándome a los ojos me responde:


- Este local solo existe para qeu esos chicos tengan su taza de tiempo, tu estás aquí para contarlo. Solo cuando ellos suelten su taza, el mundo seguirá girando.
Continua tomando notas.





4 comentarios:

Hélène dijo...

El tiempo no importa, solo lo hacen los instantes. Esos en los que te cuelas en la pupila de ese desconocido con el que te cruzas en la calle y en una milésima de segundo conectas con su esencia. Y luego la vida sigue, pero la luz ya es distinta.

chanclas dijo...

"Onírico" otra palabra de esas absurdas del patio dee colegio. Es la palabra resumen que me sugieren tus relatos. Me toamaría una de esas tazas calentitas de tiempo.
Saludos

Efren (a.k.a. Ludovico) dijo...

clap! clap! clap! clap! clap! clap! clap! clap! clap! clap! clap!

Hache dijo...

Hay lugares que existen porque alguien los imaginó un día con tanta fuerza que se hicieron reales. Como los cuentos "no reales" más reales del mundo, bueno, algo así, yo me entiendo.

Esa luz destila historias ... escritas en cada taza de tiempo.