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Mostrando entradas con la etiqueta Diarios del Café "La Isla". Mostrar todas las entradas
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viernes, 7 de marzo de 2008

(DCLI) Concierto en La Isla



El batería hace un riff jugando con sus tambores y marca un ritmo, un extraño latido. Enseguida se une el bajo; la sección rítmica se dispone a guiar al resto de los instrumentos, como dos corazones que corren juntos y juegan; contratiempos, silencios, complicidad.


Un sonido de guitarra aparece de la nada, el guitarrista aún no ha subido al escenario, pero enseguida aparece sonriendo, dirigiendo una mueca de complicidad a Julia que no oculta su debilidad por los músicos. Unos arpegios sencillos van llenando el sonido e invitan al piano, juguetón, controlando todo con su altivez (Siempre se creyó autosuficiente).


La voz, se lo piensa, tímida, como si no estuviera segura de que todo aquello fuese con ella...

"Quiero mojarme con tu luz

y recordar la lluvia azul,

hojas que caen sobre tus pies

y el calor que da tu red..."


...Pero sintiéndose pronto acogida (como entre hermanos) dejando sentirse como un chorro de ilusión...




       "...La hierba crece

y yo continuo aquí

la lluvia cesa

y yo continuo aquí..."


Sonríe y mira a sus compañeros de viaje; un gesto de complicidad hace que todos comiencen a moverse, hombros, cabezas y piernas acompasadas como viajeros del mismo tren que se balancean ligeramente hacia los lados.


La batería se anima y provoca a los demás, que se "pican" tras ella. La voz se muerde los labios y arruga la nariz mirando al cielo y guiñándole un ojo a la luna.


"...El sol me alumbra

y no siento su calor,

me da su luz

y tus recuerdos tienen mas valor."


La guitarra se arrodilla, descontrola, todos la quieren, y el piano, celoso, trata de sobresalir, pero ella llora, le engaña, coquetea con él, que al final la respeta y acompaña.



"Me da su luz,

la lluvia azul

Y TU CALOR."


Desde mi mesa, con un carajillo entre las manos, observo a Julia. El concierto de hoy ha sido “solo” la banda sonora de su sonrisa.


jueves, 28 de febrero de 2008

(DCLI) El encuentro

Encuentro


La primera vez que entré en el Café, Nora Jones caldeaba con su voz  el ambiente de una noche de principios de Noviembre.




Las notas, en su lenta peregrinación a la luna, ascendían despacio, como copos de nieve que hubieran perdido su brújula.

Aquella noche  decidí no buscar más, este sería “mi Café”. Forrado en madera vieja y oscura, la luz era escasa pero bien repartida, destacando el escenario y  las fotos que adornaban sus paredes,  muchas de ellas en sepia, contaban la historia de “La Isla”. 




En todas las columnas había colgados instrumentos, Clarinetes, bajos, saxos, trompetas,  una guitarra, incluso una batería nos observa desde lo alto sobre la puerta giratoria de la entrada. Un piano  de pared, viejo, solo y cansado reposaba  bajo la ventana del escenario.


(DCLI) Bird


De todos los personajes que pasan por “La isla” hay uno especialmente curioso. Desconozco su nombre, pero muchas tardes le invito a sentarse un rato en mi mesa. Es un músico respetado, aunque su cabeza y su hígado, en tiempos una destilería, le pasan factura. No necesitamos hablar, el sopla, y su saxo y yo lloramos...Hoy cuando se ha marchado he escrito esto: 



En el cielo amarillo

de sus ojos alcohólicos,

nadie esperaba una respuesta.



Aquel dia, hasta las flores

llevaban gafas de sol,

y un perro cojo,

pedía limosna

en el cruce de caminos.


Un alma rota en mil pedazos

se tambalea por el asfalto,

gris mosaico angustioso.



miércoles, 27 de febrero de 2008

(DCLI) Teoría del orden Paulógico


Hoy he visitado a Paula la librera. Al entrar, el leve chirrido de la puerta anuncia mi llegada. Yo respiro despacio un aire cargado de los olores del local. Me entretengo en inventariarlos...huele a papel, madera, tinta, pegamento, cuero, barniz (Paula está restaurando un viejo taquillón),  a ella... . 

Paseo mi mirada por las estanterías tratando de entender el extraño orden que Paula  decide para sus libros, que desde luego no es ni cronológico, ni temático, ni alfabético. Deduzco que se trata de un orden “Paulógico”, de un orden que sin duda tiene mucho sentido dentro de su vida, porque ella  conoce perfectamente la situación de cada libro. Pienso que ese orden es una especie de biografía de Paula y que quien entienda ese orden habrá llegado a entenderla realmente. 

No podré evitar, a partir de ahora, tratar de  ubicar su vida en cada estantería y seguramente se ría cuando le explique mi recién nacida teoría del orden “Paulógico”, o quizás no.


Mientras me he perdido en los olores y las estanterías, nadie ha salido a recibirme y por la puerta entreabierta se cuela una melodía de violín  que  me saca de la tienda.


En la calle, el día es claro, luminoso pero frío, huele a nieve. La estampa que me encuentro al salir es la siguiente: A la puerta de “La Isla” una mujer joven, embarazada, con su guitarra y un sombrero en el suelo canta "Ojos verdes". En la acera de enfrente, con el fin de buscar una distancia y respetar la intimidad de la violinista, Julia y Paula, sentadas en el escaparate  de “La Gramola” junto a Pablo apoyado en el marco de la puerta,  la observan con el silencio respetuoso de un gran auditórium. 


Yo, me uno al grupo sin decir nada. Analizo la escena sin meterme  en ella y creo saber lo que están pensado. Tratan de imaginar la vida de la violinista, una mujer guapa, de mirar sereno con un fondo de tristura (Existe esta palabra?? Me gusta), su barriguilla a punto de soltar los botones de una chaqueta de lana gorda, y la nariz colorada por el frío.  Su sensibilidad se percibe en las notas que acarician la calle; el vaho le sale de la boca de forma rítmica, con ese respirar entrecortado de los momentos de concentración intensa, esos momentos en los que se nos olvida hasta respirar, el frío, o por qué estamos donde quiera que estemos.


Una señora, pasa a su lado con un niño de la mano, vemos como saca un monedero del bolso, pero pasa de largo. Unos pasos mas adelante, se agacha a la altura de su hijo y le da una moneda, el niño no la quiere coger y pone sus manucas en la espalda, pero la madre le dice algo al oído, esos argumentos que solo saben utilizar las madres y entonces el niño, tímido y poco convencido, se acerca hasta la chica dejando la moneda dentro del sombrero, en ese momento, La chica sale de la concentración de su interpretación, sin dejar de cantar, y  le guiña un ojo , el niño sonríe, se pone un poco colorado  y vuelve dando saltitos a coger la mano de su madre, que en la distancia observa la estampa como yo.

Esta mañana ha terminado bien, hemos comido los 5 juntos (Pablo, Julia, Paula, María(como se llama la chica cantarina) y yo) María ha llegado a un acuerdo con Julia para tocar los Martes por la noche en “La Isla”. Esta mañana el mundo ha girado en sentido contrario.

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(DCLI) Los jueves me compro un disco


(DCLI) Los jueves me compro un disco.


Esta calle tiene casi todo lo que se  le puede pedir a una calle. En la  acera de enfrente, tenemos una tienda de discos regentada por Pablo , un tipo  de unos 60 años, canoso con gafas , que huele a tabaco de pipa y es bastante  huraño, aunque le brillan los ojos cuando alguien le pregunta por J. Coltrane o  D. Ellington, digamos que los fans de B. Spears no tienen sitio en su tienda.


Todos los jueves por la mañana, le compro un disco, el que él me aconseja. Cuando entro por la puerta ya  tiene preparado el disco y también su discurso, disfruta  contándome la historia de cada canción, narrando las anécdotas de los músicos, las que no sabe,  se las inventa y sobre todo le encanta exagerar lo difícil que es conseguirlo, que es una pieza de coleccionista, que le da mucha pena desprenderse de él y bla..bla...bla, (entre nosotros, es un poco teatrero). Hoy le ha tocado a Billie Holiday y la canción “Strange Fruit”, basada en un poema de  Lewis Allen, a quien Billie conoció en el Café Society. 

Se trata de una descripción lírica del linchamiento de un hombre negro que acaba ahorcado de un árbol(de ahí su título). Un lamento musical contra el racismo. 

Pablo se recrea narrando la primera vez que Billie Holiday interpretó esta canción, en  el Society, -No olvidemos que se trataba de un alegato valiente contra el racismo, en una época en la que los derechos de los negros estaban aún más que cuestionados. Cuando terminó la canción el público mudo, no sabía como reaccionar...- Pablo acentúa la intensidad del momento con un silencio adornado por el humo de su pipa y continua. -...Hasta que alguien, desde el fondo del local, aplaudió nerviosamente y, entonces, todo el mundo empezó a hacer lo mismo en un momento cargado de emoción. Debes saber además el especial significado que este tema tenía para  ella, puesto que su padre tuvo una muerte semejante al relato de la canción”.


Strange Fruit

El árbol del sur da una fruta extraña,

Sangran las raíces y las hojas sangran.

La brisa del sur baila muy despacio

Con la fruta extraña que pende del álamo.


Bucólica escena del valiente sur, 

Muecas en las bocas; en los ojos, pus.

Perfuman el aire magnolias mojadas,

Y de pronto hiede a carne quemada.


Aquí hay una fruta que gusta a los cuervos,

Que empapan las lluvias, que secan los vientos.

Cuando el sol la pudra, caerá de las ramas.

Aquí hay una fruta extraña y amarga


Versión de Pere Rovira



Hoy como casi todos los jueves he venido a desayunar a “La Isla”, Julia siempre tiene curiosidad por el disco que llevo en la bolsa, reconoce “La Gramola” dibujada con el nombre de la tienda de pablo , y  me lo pide para escucharlo mientras me prepara el café,  yo, que también soy un poco teatrero, le cuento las historias de Pablo como propias. La historia de hoy le ha gustado mucho.


Por las mañanas la música suena limpia, sin la “contaminación” del bullicio nocturno. Quedan restos de la noche en olores,  el escenario sin desmontar, la basura sobre el recogedor..., pero todo es muy diferente,  hasta mi voz suena distinta, me oigo alto y claro con una sensación incómoda de estar invadiendo el silencio, me cuesta reconocerme. 

El local está distinto , vacío, sereno, el sol se cuela sin pedir permiso por los ventanales, formando cortinas de luz diagonales que  descansan en las mesas y llegan hasta el pie de la barra. A veces me da la impresión de que el local tiene vida propia y entro casi de puntillas como para no despertarlo.  


En la misma calle, tenemos  una tienda de compra-venta  de libros “El Desván”, su dueña es una chica joven, tímida y dulce  a la que encanta hablar de  literatura cuando se suelta un poco. Hoy por su culpa llevo en el bolsillo una antología de Machado. Por cierto , la chica tímida y dulce, se lama Paula.

domingo, 24 de febrero de 2008

(DCLI) La corrala

La corrala

(La puerta de atrás de “La Isla” da a una Corrala)



Sentado en el poyo de este patio adoquinado, se me antoja La Corrala, como un viejo teatro sin techo, donde los balcones de madera, a modo de palcos, ascienden agarrados a las cuatro paredes desconchadas que lo enmarcan. 

Desde aquí se siente respirar a este añoso edificio. (pulmón de humanidad).


A veces los alumnos del conservatorio, salen a tocar a la Corrala. Al  principio el vecindario siempre se asoma a los palcos y aunque, poco a poco, las cabezas van desapareciendo, haga frío o calor, las ventanas se quedan abiertas, especialmente cuando actúa Vicente, un chaval rubio que toca el clarinete. A veces incluso les llueven monedas, o alguna vecina le ofrece un caldito caliente a los músicos.


Las fachadas – escudos de intimidad- son grandes lienzos salpicados de vida donde la ropa tendida en los balcones compone un curioso entreverado de colores.


Pienso en la cantidad de vidas distintas que se hacinan tras esos tabiques compartiendo mucho más de lo que ellos se creen. Pienso en la cantidad de rutina compartida:



Se rodean de espejos

y no ven nada más.

Ciegos, encerrados, solos.

Presionados y motivados por lo mismo,

Como si fuera imposible elegir.


Cegados por la rutina,

Se encierran en sus cuartos

Iluminados de fantasía artificial

Y se dejan robar el alma.


(Recuerdo algo que leí en una revista: decía que el 99 % de los cromosomas humanos son comunes con los de los ratones. Solo nos diferencia un 1 % con los roedores, y esto es algo parecido).



Por todo esto que quiero destacar la importancia de romper el límite de las 4 paredes y saber tomar posesión de la ciudad entera, y voy más allá, de la Tierra. 


Esta mañana tres niños y dos niñas han montado un rastrillo en mitad de la calle con juguetes usados, cuentos viejos, comics, libros de texto, trapos, ropa y todo lo que han encontrado en sus casas que, a su juicio, se pueda vender. 

Elena ha comprado un atlas para mí. Un atlas universal antiguo con las tapas peladas en el que aún viene Castilla la Nueva y Castilla la Vieja, y que por supuesto, es ajeno a todos los problemas que haya podido padecer la Europa del Este en los últimos 15 años.


Me gusta hojear el atlas que me ha regalado Elena, me ayuda a pensar que mis problemas no son tan importantes.


Cómo me “mosquee” me voy a Islandia, sería como volver a nacer, tendría que aprender el idioma las costumbres sociales del lugar y ... una vez “socializado, volverme a marchar, esta vez a Calcuta...   ...   ...


Me ayuda pensar que el mundo es mío con toda la gente que contiene, pero al igual que un instrumento musical, la propiedad no implica su dominio, lo tengo que estudiar, observar, analizar y entonces podré disfrutarlo al máximo, que para eso me lo regaló mi madre el día que me parió.


Huir de las inercias de rutina. Tengo que huir de este puto ciclo de rotación de día y noche. Superar la idea de que mi vida se compone de ciclos de 24 horas y esa angustia que a veces nos ahoga de que parece que lo que no hagamos hoy no lo podremos hacer nunca.


Recrearme de/con una vida llena de mañanas en las que comenzar, corregir, continuar, evolucionar... ...


(DCLI) Sobre por qué me gusta pisar los charcos



Hoy llueve y el viento es frío. Entro en “La Isla”, sacudo mi gabardina y la cuelgo en el perchero de madera, mi ritual de llegada continua tocando la campana de la entrada, una campana que baja desde el techo (recordadme que otro día os cuente la historia de esta campana) , doy el toque seco que me corresponde y Julia y Roque levantan a la vez su mirada hacia la puerta. Al ver en mi cara el frío de la calle, Julia me ofrece un café caliente y Roque salta hasta la estufa próxima a mi mesa y la acaricia con el lomo para dejarme claro que ese calor es “su” calor, desde allí me mira para asegurarse de que está clara su postura.
El ambiente en la isla siempre es cálido, acogedor. El café calienta mis manos y mi estómago,
Ben Harper (“Another lonely day”) me calienta el alma.
Me gusta mucho observar el frío desde “La Isla”. Apoyo mi cabeza en la cristalera y me pierdo en los brillos del suelo mojado de la ciudad, en los reflejos de los charcos. Busco en esos reflejos mi ciudad.
Y es que, a veces, me siento extranjero en este mundo, como si fuera un habitante de esa otra ciudad que, inversa y distorsionada, se refleja en el suelo de este lluvioso relato nocturno. Un extranjero que encuentra su patria en esa ciudad que, bajo los charcos, se tambalea borracha de irrealidad.
Fuera, la gente se protege del frío y la lluvia como puede. Andan deprisa con el ceño fruncido.
Entre el tráfico mecánico de personas, destaca una chica que pasea serena, empapada, sin prisa, recreándose en el agua. Sus ojos sombríos por el rimel corrido le dan un aspecto misterioso, pero con esa pureza que tienen las caras mojadas por la lluvia.
Al pasar a mi lado, apoya las manos y pega su nariz en la cristalera, me saca la lengua, sonríe y sigue paseando, como una extraña, ajena al ritmo y los problemas de esta ciudad sobre el suelo, en la que este extranjero busca su patria en el beso de una amiga, la voz de
Billie Holiday, las letras de Machado, un lapicero, la sonrisa de un niño o el regazo de su chicuca ... en su imaginación...



Solo la luz me recuerda que existo,
El reflejo de otras vidas
acompaña mi locura.

Sin que el tiempo me perdona,
Sigo esperando la imagen
Que cure mi ceguera.

sábado, 9 de febrero de 2008

(DCLI) Julia

Julia es estudiante de Bellas artes, alguno de los cuadros que adornan el café son suyos, debajo de cada uno de ellos, hay un cartel pequeñito y tímido indicando el precio. Me gustaría poderle comprar todos .


Hoy me ha regalado un cuadro. Hace meses, sin decirme nada, Julia recuperó una servilleta arrugada sobre la que yo había escrito algún borrador, una idea que desprecié en su momento porque no era lo que  estaba buscando. Ella ha sabido darle color a mis palabras y me lo ha regalado, con mi servilleta, en la que ha añadido una nota por detrás, 

-“ El café de hoy lo pagas tu”:



“...Y ahora cantas sola

por calles desconocidas.

Escaparates de tristeza

Son tus ojos,

Y tus manos negras

Tiemblan...”


“Un río de tristeza

nace en sus ojos

y desemboca en sus labios.

Nunca un caudal tan pequeño

Arrastró tanta amargura”