- Mira pecosa, hacer una foto es robarle la luz de un instante al mundo, es cazar un momento, parar el tiempo y guardarlo tras el objetivo.
Es importante elegir qué instantes se le roban al mundo, observar con ojos depredadores y, agazapados tras la mirilla de la máquina, buscar el momento, la luz y el encuadre.
(Continuará...)
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viernes, 15 de agosto de 2008
Historias del Barrio "Pi" V (Cazar luz)
Historias del Barrio "Pi" IV (Lucía: El tesoro óptico)
En este barrio los niños crecen en libertad, no necesitan esa protección de las grandes ciudades que "encarcela" a los niños.
Vive con su familia en una casa anaranjada que da a la plaza del pueblo. Una de esas casas pequeñas pero acogedoras, ese tipo de calor ajeno a los lujos, ese calor de la gente que está viva, que se quiere y que sonríe.
El padre de Lucía se llama Jacobo, es el fotógrafo del barrio, un tipo gallego de hablar gracioso e irónico que siempre quiso ser pintor pero que, como nunca consiguió aprobar la asignatura de dibujo lineal, optó por la fotografía y desde luego sabe suplir con su mirada las limitaciones de sus manos.
Le gusta especialmente la luz del atardecer en la época estival, cierra pronto por las tardes y se va a pasear, se va de caza. Jacobo es un cazador de luz, le roba instantes al mundo con su cámara.
Hoy cierra la tienda un poquito antes, se encuentra inspirado y quiere compartir eso con Lucía.
La niña juega a las canicas en las jardineras o en los hoyos que el tiempo hizo en el suelo empedrado de la plaza.
La pecosa (así le llama cariñosamente su padre) está merendando un bocadillo de nocilla en la cocina y su madre se ríe mientras le alborota el pelo con la mano.
- NIña, un día vendrán las demás madres a reclamarme tu nido de canicas... sales de casa con una en la mano y siempre vuelves con los bolsillos llenos-.
- Mamá, el juego es así, yo tengo mejor puntería que los demás- Responde Lucía a la vez que guiña un ojo y se muerde el labio inferior imitando el gesto de apuntar.
En ese momento Jacobo entra en la cocina. -¿Puntería? Mmmmm... veamos qué tan buena puntería tienes-
A Lucía le brillan los ojos y se le pone esa sonrisa desdentada como un piano que tienen los niños cuando empiezan a perder los dientes de leche, una de esas sonrisas que salen espontáneas con hoyuelos incluidos. Se limpia la nocilla de los morros con la muñeca y le da la mano a Jacobo.
-Ven para acá mi niña, quiero explicarte una cosa- Dijo el padre colgándole una máquina de fotos al cuello. La niña no se lo podía creer, agarró con sus pequeñas manos aquel tesoro óptico apretándolo contra sí como si tuviera vida.
Historias del Barrio "Pi" III ("Contrapunto")
Historias del Barrio "Pi" II (algunos personajes)


lunes, 11 de agosto de 2008
Historias del Barrio "Pi" (Primeros pasos)
Olía a pastelería en invierno y a hierba segada en verano, el viento sur del otoño traía olor a chocolate, nueces y castañas y las primaveras amanecían con una esencia fresca de manzanas reinetas. Ya sé que estas manzanas maduran al final del verano, pero allí todo seguía su propio ritmo... ...en aquel microclima, si nadie se preocupaba demasiado por la lógica de las cosas, no iban a hacerlo los manzanos ... ¿No?
La disposición del barrio era parte de su esencia, estaba a la salida del pueblo, al pie de una colina verde como la de los Teletubbies. Por allí no se llegaba a ningún sitio, por allí no se pasaba, allí se iba. (la diferencia entre ir y pasar... esa era una parte importante del carácter del barrio)Parecía sacado de uno de esos musicales en los que todos los vecinos salen cantando y bailando a la vez, asomados por las ventanas, agarrados a las farolas, saliendo de las porterías, saltando sobre los charcos con sus zapatos de claqué.
Allí todo el mundo cantaba y lo hacía bien, salvo Matías el herrero que de pequeño, por no oir las fuertes discusiones de sus padres, un invierno se tiró al lago helado y se quedó sordo. Esto le provocaba un ligero problema de afinación y ritmo que traía loco al director del coro, un esquimal islandés paciente y equilibrado, que iba a todas partes con su amiga Björk, una foca albina con acento andaluz que era adicta a los sugus de piña.
MIrar el barrio desde la colina era darse un baño de colores y de luz, era como desayunar un boll de ácidos, era frotarse los ojos y volver a mirar, impregnarse de un ritmo sereno y seguro, ajeno a lógicas e inercias, que transmitía una calma intensa a quién lo contemplaba y lo preparaba para patear sus calles.
Me divertía observar las conversaciones y las risas de las vecinas que cruzaban las calles de balcón a balcón y sin poder evitarlo casi me colaba entre sus fogones.




