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jueves, 1 de mayo de 2008

MI supina desconocida


A veces me la encontraba por el parque, yo iba corriendo o dando un paseo con Candelucha, le guiñaba un ojo, ella hacía un gesto con la cabeza, sonreía y los dos seguíamos nuestro camino.

Tenía un rostro dulce, de grandes ojos oscuros y sonrisa luminosa. Su caminar era sereno, observador, tenía el pelo largo, y a veces llevaba dos coletillas graciosas que le daban un aspecto de niña, aunque debía rondar los 30 años. Otras veces llevaba un pañuelo en la cabeza, uno verde muy chulo con flores pequeñitas azules y rojas, que se colocaba sobre la cabeza en tres picos, como las mujeres del campo.

Solía llevar pantalones holgados, cómodos, camisas blancas, finas, de algodón y una bandolera grande a la espalda. Con el buen tiempo es cuando más nos encontrábamos, porque era el tiempo de los paseos y en el que los días duraban más y me daban un ratín para hacer deporte. Ella llevaba siempre sandalias.

Cuando pasaba cerca de mí yo respiraba despacio, quería llevarme su esencia un rato conmigo, y siempre me quedaba con las ganas de hablar un rato con ella, de romper el hielo, de conocerla más... pero lo que no conocía lo imaginaba...osea todo.

Imaginaba que, Sacha, le puse nombre y todo, tocaba la Viola de Gamba (instrumento de cuerda antiguo, de tamaño intermedio entre el cello y el violín) en un cuarteto de cuerda y que nunca le faltaba trabajo con las mejores orquestas del mundo.

Imaginé que viajaba con su instrumento, sola y que las horas que dedicó a su virtuosismo y las que ahora dedica a recorrer el mundo, Sidney , Roma, Quebec, Londres, ... le habían convertido en un bicho solitario pero deseoso de cariño, y que lejos de ser una Diva, le gustaba ir medio descalza por el parque y sentarse a nuestro lado, al lado de dos desconocidos, para jugar con los quiquis de Candela, le tomaba el pelo diciéndole -jo!! Candelucha con estas antenas sintonizaras las radios de todo el mundo no??-, y preguntarle a alguien por las novedades pueblo, para estar al día, para no perder contacto con la realidad, para no despegar sus pies descalzos del suelo.

De vez en cuando, de manera altruista, daba algún concierto en la ermita de Cerviago, que está en un alto desde el que se domina el pueblo. Íbamos todos a verla tocar y ella agradecía esos aplausos más que ninguno, los aplausos de 100 personas en la ermita de su pueblo le sonaban mejor que los de los grandes auditoriums, me confesaba después en persona, cuando tomábamos unos pinchos en la calle y se ponía colorada porque no le gustaba alardear, solo quería valorar a su gente...




Ayer me encontré con esta chica en el parque, con la chica real, no la que yo imaginé, se acercó a mí y me pidió fuego... en ese momento yo hice como que apagaba mi Ipod, pero en realidad subí el volumen, le dije que no fumaba y ella se puso a hablar conmigo, yo movía la cabeza como que si escuchara, e imaginaba la conversación: Me contaba su última actuación en el teatro romano de Mérida, me hablaba de la acústica y de la magia de aquel lugar, de cómo tenía la sensación de estar tocando al lado de cada una de las 8000 personas que fueron a verla y a mí se me ponía la piel de gallina escuchándola...

Nota: A mis personajes imaginarios y a los que tuve el valor y la suerte de convertir en personajes reales.

Todos somos, en cierto modo, una mentira que los demás se inventan hasta que nos conocen mejor. A veces esa mentira es más bonita que la verdad...
...otras no:







domingo, 20 de abril de 2008

El día de la música

Antes de comenzar a escribir este texto, le di varias vueltas a mi discoteca buscando una canción, pero acabo de darme cuenta de que estaba en un error...

...si lo hago bien, la música saldrá de vuestras cabezas:



21 de junio, comienza el verano y lo hace con luz. Uno de esos días en los que, hasta los girasoles, llevan gafas de sol y la tierra parece girar más despacio.

Es sábado. Los sábados por la mañana hay bastante actividad alrededor de la plaza de este pueblo, hay vidilla.

Pasado el mediodía comienzan a recogerse los puestos del mercado, los gitanillos están de buen humor, terminó su jornada y no se les dió mal el día.
Las calles comienzan a dejar gente bajo los soportales y los niños juegan alrededor del templete de los músicos... Este rato es el punto de inflexión entre la mañana y la tarde, ese momento de antes de comer en que la gente está saboreando el ecuador del fin de semana, de su ocio, su familia, sus amigos, de su tiempo...

Bajo uno de los soportales, el rincón con más acústica de toda la plaza, el muchacho del puesto de ropa interior que hace un rato gritaba -¡¡¡Señoras que por 3 euros no se puede ir sin bragas!!! ¡¡Y ojito que están a estrenar!!!- comienza a tocar su cajón flamenco:

PUMmmmm...
TACA PUMMMM...

Ta

PUMmmmm...
TACA PUMMMM...

Ta

... ...

En la otra punta de la plaza, cerca del puesto del anticuario, hay un chiquillo regordete y moreno, de esos que tienen cara de pillo con hoyuelos en los mofletes y mirada viva. Todos le conocen como "Ticha". Al oír el cajón, agudiza sus orejas, saca brillo a su sonrisa y coge la trikititxa llenando sus fuelles de aire y de música.
 -Este chaval lleva la música en el ombligo- dice su tío Manuel, que está en el café "La Isla" tomando un "mezclao" con la cuadrilla. 

No le cabe el orgullo en el pecho.

Dos músicos que no se conocen, que ni siquiera se ven, cruzan en diagonal la plaza con su sonido, y la gente comienza a asomarse a las galerías y balcones.

Algo parecido a un tango manchao de flamenco invade el ritmo, el latir, el respirar de las gentes, y no tarda en abrirse la puerta de uno de los balcones, el de la maestra Isabel (Chavela).

Una chica serena y guapa, de esas que tienen la mirada limpia, casi transparente y que trata a los niños con cariño. Lo mismo se preocupa por sus quebrados que de su merienda y que dedica parte de las tardes a dar clases de piano en la casa de cultura. 
En el pueblo le tienen cariño a pesar de que "viste raro esta chiquilla", como dicen los viejos, porque lleva rastas, ropa holgada de muchos colores y a veces va descalza.

Un chirrido hace girar la cabeza de la gente hacia su balcón. Está arrastrando su piano fuera y con un acorde firme y mantenido con la izquierda sobre los graves, le guiña un ojo al chico de la trikititxa, uniéndose a la sección rítmica mirando hacia el cajón, que no para de morderse la lengua y sudar, concentrado. Al fin y al cabo él está marcando el ritmo de esta pequeña orquesta.
Chavela va metiendo de vez en cuando la diestra en los agudos, colando una melodía y cruzándose con gracia entre las notas de la trikititxa que le cede gustosa su espacio.

La banda de música suele terminar su ensayo a las 13:30h y se van todos a la plaza a tomar unos vinos, pero hoy, al llegar y encontrarse con semejante panorama todos se quedan mirando al maestro Leyva, un gallego con corazón de Nueva Orleans, que allí donde va es extranjero, pero querido por todos.

Le miran y él sonríe, escucha, asimila el ritmo, los acordes, los hace suyos, coge su trompeta y se marca un solo.

Primero entra prudente, siempre hay que entrar de la mano de la sección rítmica, sin invadir, haciéndose un hueco entre el resto de sonidos y poco a poco el resto te invitan a "bailar solo" en medio, arropado por ellos.

Ése es el momento de Leyva, sabe entrar y salir como nadie, infla los papos y le hace un guiño a su nieta, colando una frase de Over the Rainbow, de la BSO del "Mago de Oz", pero enseguida empuja el sonido y al resto de los músicos hacia el jazz, improvisación con una base de acordes que da pie a colar varias frases de canciones míticas, Chavela cuela el "life my fire" (The doors), Ticha toca "la estrella errante" de la BSO "La leyenda de la ciudad sin nombre".

En cada corte los músicos se miran y se pasan el testigo, el chico del cajón hace un pequeño solo que da entrada el siguiente. Cuando termina la Triquititxa, el vendedor de bragas, se acerca al centro de la plaza mientras hay una niña pequeña la cruza de la mano de su abuelo al mismo tiempo. Cuando ambos están a la misma altura el chico del cajón se sube sobre su instrumento levanta los brazos y salta...
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cuando cae al suelo todos los instrumentos callan al mismo tiempo.

El momento de mayor complicidad entre un grupo de músicos sucede siempre en un silencio. En ese instante se miran, respiran, sonríen, paladean todas las sensaciones. Oyen y sienten al público palpitar, y esos latidos les siguen marcando el ritmo de la canción de manera que vuelven a empezar todos al mismo tiempo...

...pero en este caso el chico del cajón saca un megáfono de dentro del mismo y se lo da a la niña que le mira con curiosidad y sonríe mientras el abuelo se rasca la nuca desplazando su boina ligeramente hacia adelante,
...
...
El percusionista se vuelve a sentar en el cajón y golpea:

pum pum


pum pum


pum pum


toda la plaza le siguen con las palmas, la niña se lleva el megáfono a la boca y con su legua de trapo grita:

güii
guol

güii
guol

ROCK LLU


ROCK LLU


güii
guol

güii
guol

ROCK LLU

ROCK LLU

En ese momento los miembros de la polícia local que no sabían si dispersar aquel "desorden" o formar parte de él, se pusieron las gorras del revés y comenzaron a saltar y cantar mientras los carteristas del mercado, que se conocen perfectamente, les cogían los silbatos y chiflaban moviendo el culo y riendo.

De repente, a todos nos llama la atención un chico alto y rizoso que cruza la plaza corriendo, se tropieza con el puesto de la fruta e intentando ayudar al frutero le provoca más caos, así que el frutero lo aparta con "cariño" -¡¡Quita anda, quita!!!-. El chico alto y rizoso, que se llama Jaime, pero al que todos le llaman "Jimi", sigue corriendo, y pidiéndo perdón al mismo tiempo.
Entra en su portal y todos le perdemos de vista.

Mientras ocurre todo esto, los músicos están terminando "Güi Güil Rock llu"y el cajón flamenco comienza a hacer un solo.

TACA PUMMM TÁA

TA CÁ

PUMMMM

PUUM

TATACA

PUMM

TA

TACÁ

PUUMMMM PUMMMM

TATA CA

PUMMMMMM

...Y justo, con ese PUMMMM del cajón, un ampli MARSHALL de 300 w, da un sol desde una de las galerías de la plaza. Es Jimi que saca medio cuerpo por la ventana, colgandole su telecaster sobre las cabezas de quienes están debajo. Levanta los brazos y aplaude al mismo tiempo provocando a todo el mundo con sus palmas: PLAS PLAS PLAS y mezclándolas con el ritmo del cajón.

Su primera nota, un sol, da pistas al resto de los músicos sobre por donde irán los tiros. Chavela tiene su izquierda preparada en ese acorde, Ticha carga su fuelle de aire, impaciente, espectante y Leyva simplemente agudiza sus oidos mientras se toma su vino.

Este Jimi está "colgao", ahora saca una pierna por la ventana y comienza a tocar como un "poseso" el "twist and should"? de los BEATLES, con la distorsión de su guitarra a tope a lo Hendrix.
... ... ...

Nota: Me da pena terminar esta historia, así que no lo voy a hacer.
Si eres músico...o no, si simplemente te gustaría formar parte de esta estampa, ya sea mirando desde los soportales, tocando un instrumento (da igual que no sepas, aquí puedes soñar que sabes) o siendo el jefazo de una productora de discos que quieres grabar a esta gente, cuélate en forma de comentario, esta es una estampa "coral" en la que cabe casi todo...(pero no te preocupes, no me sentiré comprometido, si no me gusta tu texto no lo colgaré).

Este texto está basado en una experiencia personal vivida en París.
Allí celebran el día de la música el 21 de Junio, y todos los músicos, virtusos o novatos, salen a la calle con sus instrumentos, llenando la ciudad de notas que flotan entre los edificios, el río, los monumentos, los jardines, los puentes...

miércoles, 16 de abril de 2008

caras entre la rutina (tracatrá...tracatrá)

Esta mañana me lavé la cara como un gato. Cojo un poco de agua entre las manos, resoplo cuando lo acerco a mi cara y, como el Quijote, doy me por bueno, me miro al espejo, me guiño un ojo y me seco la cara. Peinarme me lleva menos tiempo todavía (jeje).

Palpo mis bolsillos delanteros para confirmar que llevo cartera, móvil, llaves y me doy un azote en el trasero en busca de mi Ipod, lo saco y pongo esta canción:


Vivo a 10 minutos andando de la estación de tren, de manera que Radiohead me acompaña un rato hasta mi primera conversación de la mañana.

De camino a la estación me encuentro con gente, me gusta mirarles a la cara, la mayoría pasan desapercibidos, pero de vez en cuando me topo con alguien que, por un motivo u otro, me hace girarme, pararme o simplemente andar más despacio para estar más tiempo a su lado si camina en mi dirección, soy un descarado, lo reconozco, me quedo mirando las cosas sin disimular.

Saltando de cara en cara llego hasta la taquilla de la estación. El taquillero me conoce, no sabe cómo me llamo, pero me tutea y ya tenemos confianza, normalmente no hay mucha cola. El está leyendo el periódico y yo doy con mis nudillos en el cristal de su taquilla mientras me quito los cascos, me mira, sonríe y dice, -Coño chaval, a donde vamos hoy- y yo le contesto -¿Te queda algún billete con destino a Laponia?-, -No-, contesta él, mirando la pantalla de su ordenador como si eso fuera posible.
¡¡Coño, siempre llego tarde!!! Pues, en ese caso, me voy a currar...al mismo sitio de todos los días-.

El hecho de que no queden billetes para Laponia me ha bajado el punto, necesito escuchar algo más alegre:



...y me voy hasta el tren dando saltitos.

Me siento en un banco del anden siguiendo el ritmo con pies y manos, alguna persona se me queda mirando, sobre todo los niños (los mayores aprendieron a controlar su curiosidad...bueno algunos), si me doy cuenta les saco la lengua, unos se ríen y otros giran rápido la cabeza como disimulando. El tren se aproxima...ffuuuuiiiiiiiiiiiiii....y pita. 

La gente se va apilonando en el anden, yo sigo sentado en mi banco, me obligo a esperar porque prefiero que esté todo el mundo sentado en el vagón cuando yo entre, me  gusta esa perspectiva de las caras relajadas porque ya cogieron su sitio que me miran cuando entro.

Mientras ocurre todo esto "sing, sing, sing" se termina y da paso a U2 cuando subo las escaleras del tren:



Abro la puerta del vagón y me lo tomo con calma, el tren arranca y yo aún no me he sentado, observo las caras, los gestos, los semblantes, los periódicos, los libros y el panorama de hoy me sorprende. Hay varias caras que me llaman la atención y decido no sentarme de momento, apoyo mi hombre derecho en pared y cruzo las piernas...observo:

Fila 3 izq ventanilla: Una chica morena de pelo corto lee una biografía sobre Frida Kahlo, pero su mente es inquieta, de vez en cuando toma notas en un cuaderno, está en varios sitios a la vez, como organizando el mundo, me dan ganas de decirle...csh csh... descansa, hoy la tierra cogió "viada" y girará unos horas solita, por su propia inercia, tómate el día libre. 

Fila 3 derecha pasillo: Un muchacho de gafas, con bastantes ojeras duerme sonriendo...ese tiene pinta de haber sido padre hace poco. Lleva sobre su cara ese cansancio que provoca el desvelo un recién nacido, de los pocos desvelos que hacen sonreir así.

fila 5 izg ventanilla: Una chica dibuja en el vaho del cristal a unos niños haciendo malabares (me gusta mucho esta palabra) iluminados por una luz que pende de un hilo.

fila 4 iaq pasillo: Una chica con el pelo morado lee el último libre de Amelie Nothomb, está tan concentrada que hasta se ríe a veces sin darse cuenta de donde está (admiro esa capacidad de concentración...yo aún leo moviendo los labios).

fila 4 derecha pasillo; Un chaval arrubiao con gorro de lana toca esta canción con un raro instrumento que no había visto nunca:


Cuando mi mirada llega a la otra punta del vagón algo me sorprende...¿Y eso?!!:

Al final, fuera del vagón una chica rubia nos observa a todos, y con su objetivo congela este momento y me congela a mí, que me creía muy listo observando el panorama desde mi rincón como un pequeño dios que dirige a sus criaturas desde su limbo, sin darme cuenta de que yo también estaba siendo observado...

Entre tanto llega la taquillera, una chica con acento chileno que nos dice, -muchachos, hoy están invitados, cambié mi máquina de tikar los billetes por un cd de Pastora, a un tipo que vendía en el andén-

martes, 4 de marzo de 2008

La esquina


Ese “Angel” busca mi mirada
desde la fría esquina gris

de un frío y gris edificio.


La gente solo pasa, comenta y olvida.


Antiguos recuerdos llenan su vida.

Una foto de juventud que, 

en blanco y negro, 

refleja el brillo en la mirada

de la muchacha que intenta recordar.


Y ahora cantas sola,

por calles desconocidas.

Escaparates de tristeza son tus ojos

y tus manos negras tiemblan.


Todas las noches son frías...


Solo quiero quitar tu pelo sucio de la cara

y dejar qeu tus ojos me cuenten cosas.


Tomar un café a tu lado

dejar qeu me inspires.


Nunca un caudal tan pequeño

arrastró tanta amargura.


domingo, 17 de febrero de 2008

La plaza de Valle-Inclán


La plaza de Valle-Inclán


Nieva, los copos caen despacio, sin prisa por llegar al suelo. No se sabe si suben o bajan, se funden sobre las bufandas de los niños que se tiran con bolas y hacen pálidos muñecos de nieve, o en las boinas de los viejos, que se llevan las manos a la boca para entrar en calor. El mundo gira sereno.


La plaza de Valle-Inclán está encuadrada por edificios de dos alturas, con verdosos tejados de lastra y musgo, que la miran desde galerías blancas de madera,


En el centro de la plaza, el templete de los músicos, redondo, sencillo, con balaustre de madera y tejadillo de pizarra acoge a la banda los domingos y días de fiesta.


En frente, sentado sobre una silla con las piernas cruzadas, una estatua de tamaño natural, representa a Don Ramón con su larga barba, sus gafas redondas y su bastón. La banda siempre se sitúa mirándole, y los vecinos del barrio bajan sillas de sus casas y se sientan a su lado a escuchar la música dejándole siempre en primera fila. 



Muchas tardes de invierno, Verónica hace compañía  a Don Ramón. Se sienta a su lado, con su pañuelo azul a la cabeza, sus guantes sin dedos y nunca con menos de 4 chaquetas. Hoy teje una bufanda roja mientras asa las castañas que vende en cucuruchos de periódico y tararea “El día que me quieras” de su compatriota Gardel.

Respiro el aire caliente a través de mi bufanda de lana, un lápiz gastado piensa entre mis dedos; baila sobre este triste papel de periódico al ritmo de los latidos del cajón gitano de unos chicos que tocan bulerias frente al escaparate de la pastelería, Guitarra, cajón, palmas, cante y mucho arte. En el papel de periódico, que aún conserva el calorcillo de las castañas que acabo de comer leo una lista de conciertos...

Hoy mi soledad está contenta en medio de esta gente.