Olía a pastelería en invierno y a hierba segada en verano, el viento sur del otoño traía olor a chocolate, nueces y castañas y las primaveras amanecían con una esencia fresca de manzanas reinetas. Ya sé que estas manzanas maduran al final del verano, pero allí todo seguía su propio ritmo... ...en aquel microclima, si nadie se preocupaba demasiado por la lógica de las cosas, no iban a hacerlo los manzanos ... ¿No?
La disposición del barrio era parte de su esencia, estaba a la salida del pueblo, al pie de una colina verde como la de los Teletubbies. Por allí no se llegaba a ningún sitio, por allí no se pasaba, allí se iba. (la diferencia entre ir y pasar... esa era una parte importante del carácter del barrio)Parecía sacado de uno de esos musicales en los que todos los vecinos salen cantando y bailando a la vez, asomados por las ventanas, agarrados a las farolas, saliendo de las porterías, saltando sobre los charcos con sus zapatos de claqué.
Allí todo el mundo cantaba y lo hacía bien, salvo Matías el herrero que de pequeño, por no oir las fuertes discusiones de sus padres, un invierno se tiró al lago helado y se quedó sordo. Esto le provocaba un ligero problema de afinación y ritmo que traía loco al director del coro, un esquimal islandés paciente y equilibrado, que iba a todas partes con su amiga Björk, una foca albina con acento andaluz que era adicta a los sugus de piña.
MIrar el barrio desde la colina era darse un baño de colores y de luz, era como desayunar un boll de ácidos, era frotarse los ojos y volver a mirar, impregnarse de un ritmo sereno y seguro, ajeno a lógicas e inercias, que transmitía una calma intensa a quién lo contemplaba y lo preparaba para patear sus calles.
Me divertía observar las conversaciones y las risas de las vecinas que cruzaban las calles de balcón a balcón y sin poder evitarlo casi me colaba entre sus fogones.




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