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viernes, 6 de julio de 2012

MI VIDA CONMIGO. La rujina y El lobo.

A Darío "El lobo" le gusta madrugar. Le dicen el lobo porque en su barrio todos tienen motes de animales; a saber: el lobo, la jabata, la del mulo, el lichón, comadreja... .

Darío tuvo mote antes que nombre, su madre era "La loba". A él le gusta. Esa herencia intangible le provoca aún hoy, con sus ochenta inviernos bajo la boina, un inconfesable orgullo infantil.

Darío vive el tiempo furtivo del alba, solitario, silencioso, fresco. Estar ahí cuando el sol toma la curva del horizonte le ayuda a sentirse conectado con algo que él no sabe explicar bien.

A Vega le dicen "La rujina". Duerme con una vieja camiseta de Leo, su hermano mayor. La cogió del taquillón de la entrada el día que Leo se fue de voluntario a un conflicto que a ella le cogía muy lejos, en unos Valcanes que a ella le sonaban muy feos. Fue su manera de revelarse, de gritarle al mundo con el ceño fruncido:

- A mi hermano no me lo quitáis, porque yo no le voy a soltar.

Esa vieja camiseta de algodón que le está inmensa, le ayuda a sentir que su hermano no está solo.

La rujina abre la puerta de madera de su habitación, que da a la solana. Descalza, pequeñina. Su pelo rojo sobre la cara filtra la luz en su mirada y su naricilla chata la conecta con el mundo antes que ningún otro sentido. Las pecas, que aún estaban dormidas, todas juntas, echas un gurruño, escondidas en la nuca, corretean desordenadas por su cara, todas quieren estar cerca de la nariz. Ese pequeño caos de pecas en formación le provoca a Vega un agradable cosquilleo de desentumecimiento mientras ella respira, con los ojos cerrados, un aire aún fresco, limpio, prudente, sin estrenar.

Sin abrir los ojos, Vega sonríe. Un olor medio dulce le hace llegar los primeros síntomas de vida. Es la pipa de Darío, no necesita abrir los ojos para saberlo. Espera a que sea Darío quien diga algo.

Darío solo silba como un pájaro. Ellos dos se entienden, forma parte de su idioma. Él la espera en el río, ella corre a vestirse y con el morro aún manchado por la leche del desayuno que ha bebido de un trago, sale disparada de casa.

El lobo y La rujina son amigos ...y más.

Darío es su maestro silvestre. De él aprendió a pescar truchas con las manos, a hacer silbos con las baras de avellano, él le muestra los nidos en los árboles antes que nadie, fue Darío quien la enseñó a nadar en la poza Viaña atada a un cordel como un perrín.

Vega es de esas criaturas que cuenta más cuando escucha que cuando habla, cuando pregunta que cuando contesta. Su mirada hambrienta y agradecida conecta con la de Darío.

Tienen tanto que darse que... simplemente se lo dan.

A los maestros silvestres.
A los alumnos de aquello que se aprende sin tomar apuntes.

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