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sábado, 14 de junio de 2008

Cuento para quien lo pintó (ver mi cabecera)

Paseo desnudo, sintiendo el frío del asfalto que recorre mi cuerpo sin piedad.

Millones de luces no pueden con mi oscuridad (luces particulares con calor orientado).

Me fijo en la ventana del primer piso de un bloque de 2000 y veo como una madre da de cenar a su bebé, mecido en el paraíso de la ignorancia, del comer y dormir, agarrado al seno de su madre.
Tan solo un piso más arriba un matrimonio discute, ella llora y él golpea la mesa, quizás los problemas con más grandes que el cariño.

Me siento en un banco y observo a la gente pasar, una señora con abrigo de piel me da una moneda de 25 pesetas, quizás pretende así liberar su conciencia ante un Dios en quien dice creer (al que teme más que adora), que sin duda, de existir, nunca habría permitido la existencia de personajes como ella.
Un semáforo se pone en verde y la gente de las luces hace sonar sus bocinas.
Prisa!!! Tienen prisa por llegar al mismo sitio que ayer, quizás para reñir con su mujer o para bañar a sus bebés.


Un niño sucio, picarón, con los ojos grandes y llorosos me pide algo mientras se limpia los mocos con la manga de su abrigo, que le viene varias tallas grande.
Solo tengo la moneda de 25 pesetas, es lo único que le puedo dar, él me sonríe y se sienta a mi lado. 
Me cuenta que está ahorrando para comprarse la luna, de mayor quiere ser maquinista para ir hasta ella en su tren.
Yo solo le escucho y me dejo invadir por su sueño.

El manto de esta noche extraña nos arropa. Acurrucados el uno sobre el otro cerramos los ojos y convirtiendo nuestro banco en un tren, viajamos hacia la luna. 
En el viaje paramos solo en dos estrellas para tomar un Cola-Cao y comprar una pelota y una flauta.
Al llegar a la luna el niño ya no puede aguantarse y salta del tren en marcha, cayendo suave sobre el suelo blando de una luna de queso y miel una sola luz que la iluminaba por completo esparciendo calor por toda su redondez.

El niño nunca me dijo su nombre, sabía que un solo cachito de realidad nos
separaría.
Yo tocando la flauta y el jugando con su pelota vivimos compartiendo su sueño, en la ignorancia supina del avestruz que entierra su cabeza.

4 comentarios:

Eva dijo...

Creo que ya te he dicho alguna vez que este cuentuco tuyo me encanta. ¿Me enseñarás a tocar la flauta?

Muak!!

André Cazudgg dijo...

Luna de queso, trenes... retazos de otras historias que confluyen y se enlazan al azar ...después de todo los "cuentucos" se repiten , qué es lo que cambia? el escenario , los personajes , acaso poco más...me ha encantado la miel , esa que no sabe a realidad.

Como la incorporeidad de esta que escribe desde el otro lado del mundo a un desconocido.

Te hallé por la ternura del niño.

Qué distante y cercana se siente la calidez de otro ser humano cuando te reconoces en él sin reflejarte en sus espejos.

Un placer leerte.

Volveré... qué duda cabe.

noviembre dijo...

(...)

gracias niño.

(...)

Bitter dijo...

Pero que preciosidad, y que tiernucho tu cuento Niño.
..."sabía que un solo cachito de realidad nos separaría." que increible como un cachito se hace infinito.
besos