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miércoles, 7 de abril de 2010

"Perspectivas" o "El guardaespaldas de Dios"

Ayer estuve de entierro. Este detalle solo me sirve para ubicar el entorno en el que ocurre lo que quiero contar, pero no es la historia de hoy.

Esta historia tuvo lugar en un pueblo del norte. El pueblo de mi madre.

Yo fui uno de los hombres que portaba el ataúd hasta al altar.

Es de sobra conocida entre mi gente, la facilidad que tengo para colocarme en situaciones "extrañas" en casos así. Esta vez, sin saber muy bien cómo, me vi al final del pasillo solo, en el altar, mirando hacia mi familia y todas las personas que vinieron a acompañarnos, dudando, buscando un lugar donde sentarme.


... pompom pompom pompom... viví uno de esos ratos de segundos atragantados, que bloquean los canales de salida de mis pensamientos y me hacen ejecutar mis "acciones Mr Bean".


La iglesia estaba abarrotada y solo quedaba sitió en el banco de alante del todo. Buff, yo no me quería sentar ahí, así que hice un recorrido ridículo por el pasillo central de la iglesia, buscando un sitio donde sentarme, paseo de ida y vuelta, porque no encontré ningún hueco libre y acabé volviendo a mi destino, que era sentarme en primera fila.

Sin nada delante de mí, sin saber cómo poner las piernas, ni las manos, mirando a los curas con cara de pocker y observando de reojo a las dos señoras que estaban a mi lado, arqueando una ceja para saludarlas y suspirando un aire mezclado de tristura y de ese aroma subrealista que a menudo me acompaña.

Frente a mí, en el altar, tres curas y Lulín.

No soy creyente y no domino muy bien este medio, no sé el orden de cada acto de la función, así que siempre observo el ritual con curiosidad. Normalmente no me aburro, pero, además, esta vez todo estaba cargado de emotividad, la persona que dirigía el altar era alguien que quiere bien a la familia y que domina muy bien el medio, así que nos regaló algunos momentos intensos.

Debo reconocer que yo soy de esas personas que siempre están mirando donde no mira nadie, al final tengo que preguntar ¿Qué ha pasado ... qué ha pasado??!!!, pero por otro lado esto tiene un beneficio colateral del que no me quiero desprender. Ser así me ofrece unas perspectivas distintas de la vida.

En esta ocasión me fijé en Lulín.

Desde toda la vida que yo soy capaz de recordar, Lulín ha sido el monaguillo del pueblo. El ayudante del cura. El adjunto a gerencia en lo que a asuntos de altares se refiere. Es un muchacho con una desviación mental cuyo nombre desconozco.

Lo poco que habla lo dice muy rápido, como a borbotones, nunca le he visto sonreír, y todo lo que hace o dice lo ejecuta como si fuera el guardaespaldas de Dios, mirando a todos lados, muy serio, escrutando lo que le rodea con gran solemnidad. Escanea el entorno con movimientos rápidos de cabeza, como si su cuello tuviera un engranaje con topes en los que se para su mirada.

Lleva unas gafas de pasta, estilo Roy Orbison, que se coloca constantemente arrugando la nariz. Pasa el cepillo de la iglesia siguiendo un ritual comprometedor, te pone el cesto delante, lo mueve haciendo ruido con las pocas monedas que tiene y se te queda mirando hasta que echas algo.

Por otro lado, en el pueblo son conocidas sus actividades onanistas, por lo abundantes y poco íntimas. A mí eso siempre me hizo especial gracia las pocas veces que he ido a misa y le he visto sujetar el platillo de comulgar bajo la Ostia, cuando las señoras mayores abren la boca para recibir el cuerpo de Cristo. No sé por qué demonios, en ese momento me vienen a la cabeza sus aficiones onanistas.

Enfín, el caso es que yo tenía el concepto de Lulín que me daba la perspectiva de todo este historial que acabo de contar.Pero como casi siempre, había algo más, solo tenía que cambiar de postura.

Una de las dos señoras que se sentaba conmigo en la primera fila, tenía un motivo de mucho peso para estar ahí. Era la tía de Lulín. La mujer que le ha criado, la mujer que se molesta y se esfuerza en que él siga asistiendo a estos eventos. Ahora viven en otro pueblo y se desplazan hasta aquí solo para participar en la misa.

Me senté al lado de esa señora de manera cómplice y, desde ese rincón privilegiado, pude observar un mundo que ni siquiera imaginé que existía.

La comunicación entre Lulín y su tía a lo largo de la misa era intensa y constante, la mujer estaba nerviosa, no dejaba de mirarle, le hacía señas, le decía cosas "por la bajinis", estaba tensa en cada cambio de tercio, cuando tenía que traer el vino, o colocar el libro de las lecturas, cuando tenía que tocar la campana, o arrodillarse ante la cruz... Seguía sus pasos con una concentración que a mí me emocionó.

Mi emoción no tiene su origen en la devoción cristiana que allí pudiera haber, sino en cómo aquellas dos personas vivían con intensidad, algo que yo había observado siempre con un poco de sorna, como un simple ejemplo curioso del subrealismo rural de mi tierra.

Lulín le devolvía a su tía algunos gestos con la mano, como diciendo, "tranquila, que esto está controlao", serio, solemne, sin dejar de vigilar las espaldas de Dios.

Este señor llevará más de 30 años haciendo lo mismo y, en esos momentos yo pensé, cuánto cariño es necesario para seguir viniendo con Lulín a misa y vivirlo con esa tensión. Pensé en la cantidad de veces que he mirado a esa mujer y no he visto nada especial, me ha podido parecer más o menos simple, más o menos guapa, he sacado una conclusión superficial y he avanzado con mi esquema mental sin más. Un esquema que habitualmente resume de forma injusta lo que le rodea.

Ayer me dí cuenta, una vez más, de que hay muchos mundos en este, más cerca de lo que imaginamos, que estamos rodeados de intensas piedras de colores y que la mayoría de ellas no las veremos.

Bueno, yo seguiré buscando posturas raras y luego preguntando - ¿Qué ha pasado? -, porque perspectivas como esta, me ayudan a saborear el mundo de otra manera.

4 comentarios:

Hache dijo...

Me encantan las historias que solamente se descubren cuando "miramos hacia otro lado".

Yo le cogí cariño.

Pilar dijo...

Un hermoso texto primo. Son necesarias estas palabras que nos invitan a mirar de otra manera

Paco dijo...

Cuando dejamos de mirarnos al ombligo y levantamos los ojos, un universo de ventanas sorprendetes se dibuja como una posibilidad de vida. El otro, los Otros son un tesoro desconodio para la mayoría de los enceguecidos.

chanclas dijo...

Me lo has hecho pasar genial. Te estaba viendo dando ese paseo de ida y vuelta por el pasillo central de la iglesia y me he partído de risa.
De la moraleja de la historia que cuentas casi te diría que se parece a la de un cuento que acabo de publicar en mi blog, que es que no debemos juzgar sin conocer. Cosa que hacemos con demasiada frecuencia.
Un abrazo.