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domingo, 9 de enero de 2011

Ción.


Ción., originally uploaded by Garabato's Light Clan.


Huele a nieve en el valle de Viaña. El río se acurruca silencioso en su cauce, parece recrearse, como si el invierno fuera un reencuentro con su patria. Baja lento, mirando el paisaje, acariciando a las piedras.

Cerca de mi cabaña, por el camino que va a la "poza de África", una pequeña fuente burbujea un soniquete dulce de agua, prudente, como si entrara en la habitación donde duerme un niño, como si no quisiera despertar aún al día. Yo la entiendo y trato de aliviarla un rato, junto mis manos bajo su hilo de agua y me hago cómplice de su silencio mientras ella llena ese cuenco de piel con el que mojaré mi cara. Agua del deshielo. Aguanto la respiración como si fuera a saltar de un avión y me bautizo con él. El frío activa mi rostro, convierte la piel en un extraordinario receptor de sensaciones térmicas que alterna frío y calor, parece ser capaz de palpar todos los matices del viento, casi puedo distinguir en mi cara el camino que ha recorrido antes de tocarme.

Moratinos, mi vecino, humea un saludo mañanero con olor al tabaco de liar que lleva ingertado entre los labios. Como una vieja locomotora de carbón con boina, habla rápido, a estrincones, frases muy cortas y concisas que parecen arrastrarse a través de su voz ronca, parece que las estuviera cortando con una sierra oxidada. Las palabras le salen a medio masticar, porque nunca se saca el cigarro de la boca, las más de las veces no entiendo lo que dice, si nos apreciamos, es más por cómo nos miramos que por cómo nos hablamos.

Salí de mi cabaña para que el frío me lavara por dentro, necesitaba despejar los estratos de sopor mental que la navidad me dejó entre la cabeza y el pecho.

Caminé medio desperdigado, dejando que el azar decidiera en cada cruce y cuando ya estaba bien cansado y aterido de frío, me di cuenta de que me había perdido.

Estas cosas me pasan a menudo, un micromomento de pánico me hizo girar 360º sobre mi mismo, búsqueda desesperada de una orientación, que no iba a encontrar ese día y que, mucho me temo, no encontraré jamás. Supongo que fueron los restos que aún me quedan instintos animales, los que recogieron del viento gélido el olor a humo, madera caliente, pequeños restos de calor flotando como un alivio intangible hasta mi nariz.

Cierro los ojos, me aislo del resto de mis sentidos y dejo toda mi capacidad de percepción en manos de mi olfato. Mi mente vuela buscando el origen de ese olor, hasta encontrar una tejado de lastra con dos chimeneas, de las que, la más grande, parecía mimetizarse con el paisaje de fondo, como si tuviera un romance con él o fueran al mismo sastre.

Dejo que mi mente me cuele por la chimenea pequeña, de la que sale humo. El olor se intensifica y se enriquece con otras fragancias, madera caliente, café, carne ahumada, perro, leche caliente, vino, tostadas de miel, gallinas, paja, vacas... tantos matices olfativos que el sentido de la vista, aún con los ojos cerrados desde donde estoy, se hace una composición de lugar y crea su propio escenario.

Una bombilla que cuelga de un cable sobre la mesa de comer, sin más adornos, es, junto con el fuego de la chimenea, toda la luz que ilumina la estancia. Mi mirada, aún siendo imaginaria, tarda un rato en acostumbrarse a esa penumbra y ver que, una señora mayor asa en la chimenea el último puñado de otoño que aún pulula por este invierno recien estrenado. Unas castañas. La señora se gira. Una sonrisa expontánea y entrañable se nos pone a los dos cuando la mirada se nos cruza. Es Ción, un recuerdo de mi infancia, una viejuca dulce, una buena mujer que compraba en la tienda de mi abuelo cuando yo era pequeño. Con esas gafas-lupa que hacen los ojos gigantes, su pelo largo, gris, recogido en un moño y un mapa de arrugas en el rostro que solo ella sabrá leer... .

Cuando voy a decirle algo, me doy cuenta de que solo estoy imaginando imaginación, porque, en realidad estoy en la calle, perdido, buscando con los ojos cerrados orientación entre los restos de humo que me trae el viento. Así que, un acto reflejo me abre los ojos.

Frunzo un poco el ceño hasta que mis pupilas consiguen administrar el cambio de luz. Cuando lo hacen, lo primero que enfocan son dos manos grandes, arrugadas, de persona mayor. Sostienen un puñado de castañas asadas en un gesto generoso, compartiéndolas conmigo. MI mirada recorre unos brazos cortos que me llevan hasta la cara de aquella persona. La sonrisa de Ción me deja confundido. Es ella, hablándome, la que me situa en la realidad:

- ¿Te eres el nieto de Carral? Hijo mío, cómo has crecido. Anda vamos "pa" la plaza que te veo perdido, y cuentame, cuantame qué es de tus padres.

Su voz suena a mujer fuerte, no duda, no tiembla, es directa y limpia, como su mirada... ... .

Pd: A veces no tengo claro qué parte de la realidad nace en mí. Pero a medida que desaprendo, pienso que la realidad es un guión abierto y vivirla bien es un hermoso y apasionante trabajo de producción y dirección.

Ción y Moratinos Existen. Yo también. ¿Vosotros? Mmmm... ya lo decidiré cuando os vea la cara.

2 comentarios:

Efren (a.k.a. Ludovico) dijo...

quiero vivir en un sitio como el de la foto

marina dijo...

leer estas palabras horneadas con imaginación y realidad es uno de los más bellos despertares del ser que he tenido...
Gracias por compartirlo!

un abrazo cálido, con cara bien fresquita y despejada :-)